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17/08/06

Algunos apuntes sobre la obra de Vargas Vicuña (I)


Hace unos días leí algunos de los cuentos que componen Ñahuin (1950) del escritor peruano Eleodoro Vargas Vicuña. En estos se presentan situaciones del interior del país que se reconocen, a pesar de que la región no está propiamente especificada, gracias a detalles como las costumbres populares, el sincretismo religioso, el estatus conservador impuesto por las instituciones religiosas, las mujeres subyugadas a la mirada masculina, entre otros. Por otro lado, el marcado acento oral y la subjetividad del narrador construyen la atmósfera y escenario de los relatos.
En una nota del periodista Maynor Freyre, publicada en la revista (N.º 460, 1996, pp. 15-21) (1) el doble Premio Nacional de Literatura, confiesa que siempre sintió el sentimiento de falta de origen de la vida y que se sintió, muchas veces, «como un hombre que no estaba en el lugar donde estaba; ni a veces en su propio cuerpo». Vargas Vicuña pertenece a la generación del 50 y ha publicado solo dos libros de cuentos, el que inicialmente mencioné y Taita Cristo (1964). La crítica lo ha ubicado en un alto lugar en la narrativa peruana señalando que su obra sabe conjugar la creación poética «intensa y personalísima con el habla singular del campesino (...) y también con las más viejas raíces de la humanidad, con los mitos primordiales de la vida y la muerte». La reflexión en torno del tiempo y la muerte, del cuerpo y del alma están presentes en su obra, como bien ha sabido explicar Washington Delgado en la cita anterior, y es precisamente la forma en que el escritor introduce los elementos antes mencionados lo que da originalidad a sus relatos. Temas universales que se desprenden de la vida de pobladores ajenos, aparentemente, a la complejidad de esas cuestiones, pero que en sus diálogos y en sus acciones se perciben como enigmas de la existencia humana.
En «Velorio» (Ñahuin), una narradora en tercera persona relata lo que sucede en el velorio de don Leoncio, personaje importante del pueblo (2), adonde acuden (por pedido expreso del difunto a la madre) ella, su hermana Consuelo y su madre, doña Vicky, conocida por su rectitud y vocación a las normas religiosa, razón por la cual es llamada «beata». Durante el velorio, la narradora-personaje observa la presencia de una mariposa, interrumpiendo el relato para dar una explicación a esa repentina aparición: «dicen que las mariposas son el alma de la gente». La afirmación denota un distanciamiento del dicho popular, y una adhesión a medias a esa creencia; asimismo, el situarse en esa posición al contar la historia, nos indica que los detalles que progresivamente presentará emergen de la experiencia de lo que vive mas solo desde su mirada de testigo. El relato está construido a través de diálogos de los otros personajes, elementos a los cuales el narrador pone especial énfasis, que le servirán para explicar y sustentar las acciones posteriores: la decisión repentina de doña Vicky de ir al velorio, el regaño a los jóvenes que, abstraidos en sus risas, se olvidaron del "cuerpo" de don Leoncio; o son utilizados por el narrador para construir la disipada vida del difunto.

En otro lado escuhé:
―Cuando el Ifaco empezó a contar los hijos que había dejado don Leoncio...
― Sin tener en cuenta el que le hizo, junto con el señor cura a doña Sebastiana la cocinera.


A través de una rápida mirada, el narrador nos presenta diversos espacios y situaciones que ocurren durante el velorio.Por otro lado, las interrupciones del narrador, en su mayoría aclaratorias, son acompañadas por pequeñas reflexiones sustentadas en la autoridad de la madre («Mamá sí sabía imponer silencio». «Ya mamá no puede imponer silencio»), y sobre el estado de la hermana. («Allí estaba ella, mi hermana, sola, humilde, fea, la pobre a quien nadie había deseado ni borracho»). Todo ello va creando la atmósfera de una sociedad basada en las creencias y prejuicios, encargada de sancionar a los miembros de la comunidad que romian con sus normas de moral y buenas costumbres. («Y ahora la gente la miran a la cara y critican»).
La historia del velorio, inicia el jueves, después del Miércoles de Ceniza (día de inicio de la Cuaresma y día en que sucedió la muerte de don Leoncio). El "conflicto", por llamarlo de algún modo, se desarrolla en medio de este ambiente, marcado por el calendario religioso y la celebración del velorio, con acompañamientos de rezos. Las normas impuestas por los ritos religiosos están siempre callan las pequeñas interrupciones al orden y la solemnidad impuesta para la ocasión. Primero, el rezo ante las risas provocadas por Raymundo y por las cuales es reprendido por doña Vicky; segundo, la presencia de «la beata», luego de la supuesta aparición del difunto que le pide que ponga orden, y así lo hace con la aprobación del grupo: «Así es, doña Vicky. Antes de que usted llegara hasta querían bailar el carnaval» (precisamente el Miércoles de Ceniza es el día siguiente de esta fiesta, y supone el inicio de la conversión); por último, el rezo que la misma narradora se impone para disimular que no siente la mirada de Isidro; es decir, ante la tentación del sentir los ojos que le «resbalaban por la cara», inmediatamente renueva el rezo, para lo cual pide a su hermana que la siga.
En medio de la aceptación de estas normas, implicitamente entendida, aparece la mariposa, portadora, según nos explicó la narradora, valiéndose del dicho popular, «portadoras del alma de la gente». Si bien el texto no lo dice, el lector la relaciona inmediatamente con el difunto, siguiendo los indicios que aparecen en el relato: la aparición de la mariposa en la cocina de las hijas de la beata, en el camino al velorio (la cual es reconocida por la narradora), cerca de la vela, que apaga «chisporroteando como diciendo algo», y la mariposa volando sobre la cabeza de Consho, la hija embarazada de la beata. La mariposa es ignorada o mejor dicho pasa desapercibida para el resto de personas, menos para la narradora, que quiso corroborrar la creencia con la madre, pero no lo logra porque no le hace caso.
El cuento finaliza con la narradora cuestionándose sobre el color del alma con la que nacera el hijo de su hermana, pregunta sin responder y que se grafica mediante puntos suspensivos: «Cuando vuelan extraviadas en la tarde mariposas negras, amarillas, rojas...». En el texto, se utiliza este signo de puntuación solo dos veces, la que ya mencioné y en el momento en que uno de los presentes en el velorio se refiere al número de hijos «que había dejado don Leoncio...».
Un cuento bellísimo, que es una muestra de cómo la prosa Vargas Vicuña, a través de su «castellano mestizo», expone lo desconcertante que pueden ser determinadas situaciones de la existencia. La vida cotidiana y simple, representada por sus historias, desvela para el lector grandes enigmas.

(En mi próximo apunte, comentaré «El traslado», un brevísimo relato, pero que es un supercuento!!!. La existencia como parte de la muerte, el hombre y su constante reflexión sobre esta, el eterno errante que es, la danzas de la muerte y un poco del cine de Bergman son, entre otros "enigmas", cuestiones presentes en este cuento, que también íntegra Ñahuin)



NOTAS

1. Los datos que apunto sobre esta nota de la revista , la cita de Washington Delgado y las declaraciones de Vargas Vicuña los tomé del libro del mismo periodista: Altas voces de la literatura peruana y latinoamericana. Segunda mitad del siglo xx. Lima: San Marcos, 2000, pp. 191-195. Libro indispensable para conocer a poetas y escritores peruanos, que muchas veces la crítica deja de lado, pero que son importantísimos. Muy útil realmente!!!!.

2. Apreciación que se desprende por el tratamiento don que se le añade a su nombre, y que no se hace a los otros personajes masculinos del cuento.

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